YO NO SOY UN DRAGÓN.

Geronimo Burneo

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A los decanos y propietarios les resulta muy sencillo redactar proclamas hermosas sobre las artes liberales y la libertad intelectual. Lo difícil —lo que nunca hacen— es actuar en consecuencia. Porque cuando un estudiante señala las grietas evidentes del sistema, no abren debate. Solo diagnostican. Lo llaman loco. Lo llaman problemático. Lo silencian. Así evitan escuchar. Yo no fui el primero. No seré el último.

Si yo dirigiera esta institución, esta vez escucharía: ya cometieron el error demasiadas veces.

Escucha con atención: NO ERES UN “DRAGÓN”. No lo necesitas ser.

No te hace libre, no te hace líder, no te hace inteligente. En realidad es algo mucho más barato: una identidad de alquiler, tamaño billetera, renovable con cada pago de matrícula. No juegues al juego mental que te diseñaron. No dejes que te bauticen.

Convirtieron la educación en símbolo de estatus a fuerza de marketing barato y fiestas en el campus.

El costo de oportunidad: una oportunidad real de construir algo justo para todo el país. Copiaron y pegaron un sistema educativo observado en Estados Unidos sin entender el suelo donde lo plantaron. Pudo generar dinero mientras el fundador viviera. Pero si dejan la universidad en manos de los nueras y cuñados, solo crearán una cámara de eco donde los sordos se aplauden entre sí. Quizás llevan demasiado tiempo sentados en ese mismo trono sin que nadie les diga la verdad.

Importaron un sistema de selección natural artificial que escapa a su comprensión. Si tanto les importan la educación en el país,

¿por qué pastorean a las élites hacia el exterior, enseñándoles a invertir sus fortunas lejos de aquí?

En el colegio del fundador, los hijos de la clase alta aprenden a emigrar en cuanto puedan. En su universidad, a la clase media le venden el sueño de convertirse en alguien en un país claramente gobernado por las élites. Un sueño a un precio absurdo solo para arrancárselo cuando los hijos ricos regresan con sus títulos americanos. Y la misma universidad es el perfecto ejemplo de esto. Todo disfrazado de artes liberales. ¿Comprenden el impacto de empujar a la clase alta a invertir su capital fuera del país?

Eso asfixia cualquier posibilidad de construir un sistema educativo justo para todos.

Bajen del Olimpo de la rectoría. Escuchen a quienes llevan décadas dentro de sus instituciones. Dejen de rodearse de trepadores con títulos ivy relucientes. Valoren a los profesores y al personal que los hicieron quienes son, los de aquí, los que se quedaron, los que sostuvieron todo cuando nadie miraba.

Fue desolador ver cómo vendían el colegio y la nueva administración desechaba al personal local, leyendas verdaderas que los mantuvieron a flote por años.

¿Qué destino aguarda a los profesores universitarios cuando el fundador no esté?

¿O ya comenzó ese proceso de descarte?

Dejen de codificar sus artimañas al estilo Harry Potter. Su masonería resulta torpe en el territorio que intentan controlar. Cometieron un error grave al intentar crear un egrégor en su institución: una mente colectiva mecánica, fabricada por humanos, alimentada por lo peor que existe, el estrés y el miedo. Construyeron un ser que ya está harto de ser instrumentalizado. No los quiere. Destiérrenlo ahora.

"La posesión del Conocimiento, si no va acompañada de su manifestación y expresión en la Acción, se asemeja al acaparamiento de metales preciosos: una cosa vana y necia." — El Kybalion

Invito a quien lea esto a liberar su mente y pensar en una mejor forma de manejar la educación en este país.

Piensen de verdad si la manera en que circula el conocimiento resulta justa para todos. ¿Cómo luciría un sistema que no le sirva al mismo de siempre? Como alguien que rompió las cadenas hace mucho, les puedo decir una sola cosa con certeza: un sistema mejor no incluye al mismo viejo sentado en la misma silla volviéndose más rico.

Imaginen a Hermes Trimegisto descendiendo otra vez a la tierra a repartir lo que fue escondido. Imaginen la sabiduría transfiriéndose a través de las orcas, un matriarcado subacuático, entregado a compartir libremente todo lo que sabe. Imaginen el mito de Dragon Slayer, alzándose para sanar el dolor de cada estudiante silenciado, borrado, diagnosticado de inconveniencia. Eso es GEYTER. Arte como exorcismo. Arte como el único rito capaz de desterrar el egrégor enfermo que habita esos pasillos. Porque para eso existe el arte: para nombrar lo innombrable y expulsar lo que devora desde adentro.

Pero el mundo de la imaginación ya no es el único espacio donde cabe actuar.

Si todas las mentes brillantes del cuerpo docente, las que fueron desechadas injustamente y las que no, decidieran unirse en una visión más justa para la educación de este país, eso representaría una amenaza real para el statu quo. Esto solo sucedería con el poder genuino de la comunidad, no con términos vacíos plastificados en la página web de una institución. Si alguna vez existió una oportunidad, es ahora. No la desperdicien.

La elección es completamente suya:

Formar parte de una revolución educativa verdadera y justa,

o quedarse donde están y dejar que los cuñados y nueras conviertan esta farsa de universidad en un parque de atracciones o en un estacionamiento de centro comercial. Los invito a simplemente mirar a su alrededor.

Me llamaron loco para no tener que escucharme.

Les pido que sean igual de locos. La locura que señala la verdad es el único tipo de genialidad que este sistema no puede comprar ni embotelllar en once mil dólares anuales.

Podemos construir un mundo donde las orcas no sean las únicas que comparten el conocimiento libremente.

Empiecen por rechazar la etiqueta.

YO NO SOY UN DRAGÓN.